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  • ¿Quién es el prójimo?
  • Día de todos los santos
  • Festividad de la dedicación de la Basílica de San Juan de Letrán
  • Los dineros de Dios
  • No queremos que ése reine sobre nosotros

¿Quién es el prójimo? (Mt 22, 34-40)

Los efectos del pecado original en nuestra vida no se pueden negar, no necesitamos demostrarlos, los conocemos por nuestra propia realidad vital.

En el Catecismo nos decían que el pecado original oscurecía la inteligencia para ver las cosas de Dios y debilitaba la voluntad. Esto es cierto y lo sabemos nosotros por la propia experiencia. Pero hay todavía una realidad más profunda, porque el pecado original rompió la unión que aquel hombre creado a imagen semejanza de Dios tenía con la vida divina. Quebrando la santidad original, el hombre se quedó separado de Dios.

Además el pecado quebró la armonía original, esa suerte de sujeción que las potencias inferiores tenían sobre las potencias superiores del hombre, de donde surgían aquellos dones preternaturales.

El pecado original está en el centro de la vida cristiana, si uno no cree en el pecado original se desploma toda la realidad de nuestra fe. Porque, ¿a qué vino Cristo sino a quitarnos los efectos del pecado original, esa separación que el hombre tuvo con Dios que le quitó la santidad original, esa posterior desarmonía? (Rm 3, 21-26).

Los efectos del pecado original se traducen además en una realidad que todos conocemos, y que es una suerte de fuerzas centrífugas que empujan sobre nuestro propio yo. El hombre por causa del pecado original está atraído y encerrado en su propio yo y por más que quiera, no puede salir de esta realidad. Como decía el Señor Jesús, es desde esta realidad del yo separado de Dios, desarmonizado por el quebranto original de donde salen los malos pensamientos, los adulterios, las fornicaciones, las embriagueces, las sodomías, las sediciones, los enfrentamientos, las profanaciones (Mt 15, 16-20). El yo separado de Dios se profana porque quiere rescatar desde sí mismo, desde el mismo hombre, rescatar a Dios, según la famosa tentación de la caída, “seréis como dioses”. No se puede ser como Dios sin Dios (Gn 3, 5).

El pecado produce una fuerza centrífuga sobre el propio yo, es el yo separado de Dios y vuelto sobre él mismo de donde surgen todos los males.

Los hombres de la antigüedad pagana percibían esta profanación pero no tenían posibilidades de salir de ella, porque por más que se empeñaban no podían traspasar las fronteras de la misma naturaleza donde el hombre quedaba encerrado en su propio yo. Los judíos del pueblo elegido, con la revelación de los mandamientos, ya percibían un cierto modo de salir pero finalmente, este modo de salir quedaba también condicionado al mismo pueblo judío, que era el pueblo que tenía relaciones exclusivas y excluyentes con Dios, de tal manera que condicionaba la realidad de Dios y del prójimo a su propia realidad étnica. Y entonces, quedaba condicionada la posibilidad de abrir el yo al mensaje de la trascendencia. Tenía que venir Jesús, el Señor, y revelarnos cómo era posible que el hombre desplazara este yo por una nueva propuesta desde donde se pudiera restaurar el hombre hecho a la imagen y semejanza de Dios (Mt 4, 12-17).

Un día, Jesús le pregunta a un escriba y fariseo cuál era el primero y más importante de los mandamientos. Y éste dijo: amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu mente, con toda tu alma, y al prójimo como a ti mismo (Lc 10, 25-28). Acto seguido fue la pregunta: ¿y quién es mi prójimo?; y ahí aparece esa tierna, esa maravillosa parábola del buen samaritano (Lc 10, 29, 37).

El cristianismo ha cambiado la antropología, porque ha insertado al hombre y al prójimo en Dios. A desplazado del hombre su propio yo, lo ha desplazado por Dios y el prójimo. Y a partir de ahí nace la creatura nueva del Evangelio. Si me quedo encerrado en mi yo, asfixiado en mi yo, no puedo expresar la imagen del hombre hecho según la semejanza de Dios. Cristo es el modelo paradigmático del hombre cristiano. Tengo que abrir mi espíritu y mi corazón a Dios.

La fe produce una fuerza centrípeta, así como sin la fe, el hombre se encierra en sí mismo y, aunque quiera empeñarse, no puede salir de este encierro. Podrá intentar crear el superhombre de Nietzsche, buscará liberar el yo del hombre; porque, como el hombre es, según Rousseau, naturalmente bueno, si lo libero, entonces va a producir realidades buenas. Pero todos sabemos que, si liberamos el yo, ¿que sale del yo? Las fornicaciones, los malos pensamientos, los adulterios, toda esa realidad de pecado sale del yo de adentro, es fruto del pecado original, ahí están (Mt 15, 17-20).

No se trata de liberarlo al yo, no se trata de querer construir sobre el yo el “superhombre”. Hay que abrir el yo a Dios, hay que reemplazar el yo por Dios. ¿Cómo reemplazo al yo por Dios? Amando al prójimo. Porque dice San Juan, “si alguien dice que ama a Dios y no ama a su hermano, miente, porque ¿cómo va a amar a Dios, al que no ve, si no ama a su hermano, al que ve?” (1 Jn 4, 20-21)

Esta es la revolución maravillosa del cristianismo: desplazar el yo por la presencia viva del amor a Dios. Y el amor a Dios expresado en el amor al prójimo. Surge así no el “superhombre” de Nietzsche, sino la Madre Teresa de Calcuta.

¿Quién es la Madre Teresa, que a todos conmueve? Es alguien que descubrió que había que desplazar el yo personal y dejar que entraran Dios y el prójimo. Y a partir que entran Dios y el prójimo, se produce esta fuerza centrípeta que te saca de vos mismo y te vuelca hacia el prójimo, y se producen entonces los actos de heroísmo, de santidad, de entrega, de magnanimidad, de perdón, de comprensión, aparece la caridad, el amor de caridad donde se cumplimenta toda la Ley (1 Jn 3, 7-10).

El apóstol Pablo nos recuerda en la Epístola a los Corintios lo propio de la caridad. Dice: “la caridad es paciente, la caridad es servicial, la caridad no es envidiosa, la caridad no es jactanciosa, la caridad no se engríe, la caridad es decorosa, la caridad no busca el propio interés, la caridad no se irrita, la caridad no se alegra en la injusticia, antes bien se alegra en la verdad, la caridad todo lo espera, todo lo cree, todo lo excusa, todo lo perdona”. ¡Qué maravilla! (1 Co 13, 4-7).

Si no estoy dispuesto a perdonar, me quedaré desnudo a la intemperie de mi propio yo. Si no estoy dispuesto a comprender, me quedaré desnudo a la intemperie de mi propio yo. Si no estoy dispuesto a acompañar al prójimo me quedaré desnudo a la intemperie de mi propio yo. Nadie se salva solo. Por eso San Pablo decía: “ay del que anda solo”.

La conversión cristiana es salir de mi yo, desplazarlo y ponerlo a Dios y al prójimo en su lugar, y mientras no haga esto, no estoy convertido aunque venga a misa. No estoy convertido aunque frecuente los sacramentos. Me falta el acto hondo, profundo, interior, íntimo, donde se produce este misterio que Dios, siendo trascendente y distante, omnipotente y único, atrayéndome hacia Él, se transforma en lo más íntimo, en lo más interior, en lo más profundo de mi yo, que se hace de esta manera interioridad. Se abre en mi espíritu un espacio donde está Dios Padre, Dios Hijo, Dios Espíritu Santo. La Santísima Trinidad, con su circuminsesión trinitaria, viene a morar en mí (Jn 14, 23).

Esa presencia de Dios en mi corazón restaura la santidad original, quebrada por el pecado original, y armoniza mis conductas. De tal manera que la fe, la caridad y la esperanza son las que iluminan mis comportamientos.

“Allí donde dos estén reunidos en mi nombre yo voy a estar en medio de ellos” (Mt 18, 19-20). Si no hay prójimo, Dios no está. Y para que haya prójimo al menos tiene que haber otro, ese otro que es mi prójimo. La providencia de Dios une los corazones para que, detrás de esta unión de corazones, aparezca y se ejercite el amor de caridad. ¿Quién es el prójimo para el esposo?, la esposa. ¿Quién es el prójimo para el esposa?, el esposo. ¿Quiénes son los prójimos para la familia...?

De ahí en más, a todo aquel que aparece en mi vida y se transforma en mi prójimo, tengo que abrir mi corazón y no cerrarlo en las incomprensiones, en las iras, en las envidias, en los orgullos, en los desprecios; todo eso hace que me quede solo. Y solo, me asfixio en esa soledad tremenda donde no aparece Dios y aparece mi pobre yo corrompido, impuro, quebrantando todos mis comportamientos y debilitando y hasta enfermando mi estructura psicológica, porque finalmente el hombre encerrado en su yo, sin salida, sin horizontes, termina enfermo en su propia realidad vivencial.

Querido mío, qué hermoso es ser cristiano, qué hermoso es creer en Dios, qué hermoso es sentirse atraído por Dios desde adentro del corazón y abierto a esta universalidad de amor que es el amor a Dios, y desde ahí el amor al prójimo.

Hay que ejercitar la caridad. Hay que estar siempre atento para que aparezca el prójimo, y con ese prójimo yo pueda expresar el amor a Dios. Abrirme a la salvación, porque solamente donde dos se reúnen en el nombre del Señor, el Señor está en medio de ellos.

Pidamos a la Virgen Santísima que nos enseñe a abrir el corazón, a purificar el yo, a abrir el corazón a la fe, a la esperanza, a la caridad. Dejarnos atraer por el amor de Dios, que es impulso, que es entrega, que es generosidad, que es perdón, que es abnegación, que es amor. Entonces sí, en la vida interior profunda sentiremos la paz, el sosiego, la felicidad, porque en definitiva habremos aprendido a amar (1 Jn 3, 14).


“Día de todos los santos” (Jn 12, 32-33)

Caminamos en la Iglesia militante. La Iglesia peregrina está implicada en la realidad histórica, no podemos salirnos de la historia, porque también nosotros, como hombres, somos hombres históricos.

Pero quizá el caminar con la Iglesia militante, nos lleve a veces perder de vista la Iglesia como misterio, como una realidad meta histórica, y entonces la festividad de los santos nos ayuda a esta reflexión mirando a la Iglesia desde la profundidad de la fe, la Iglesia como reino del Señor.

La Iglesia que es militante, pero que también es purgante, glorificante y triunfante. La miramos a la Iglesia como esa realidad donde se han ido aglutinando y comulgando los bautizados, los hijos de Dios, los predestinados, los llamados por el Señor. “Cuando yo sea elevado en alto, atraeré hacia mí todas las cosas”.

Vemos a la Iglesia como la comunión de los puros, de los pobres, de los justos, de los mansos, de los misericordiosos, de los que sufren persecución por su justicia. Es decir, de los bienaventurados.

Es la Iglesia de los confesores. Es la iglesia de las vírgenes, es la Iglesia de los mártires, es decir, es la Iglesia de los santos. Esta es la Iglesia donde yo estoy incorporado, y ésta es mi vocación, la realidad de mi vocación, porque también como todos ellos tengo que incorporarme a esa comunión de glorificación y de triunfo. Pero todavía tengo que militar, tengo que caminar con los hermanos. Camino en medio de una comunidad de hermanos que está incorporada misteriosamente al plan de salvación del Señor, a esta otra historia salvífica de Dios. Voy a ser transfigurado porque en medio de la comunión de los hermanos, está como fluyendo el misterio de la gracia, la gracia de Dios, la gracia que es transfigurante, y que llega a los corazones de quien humildemente se lo pide a Dios.

Hay una realidad que no la podemos ver porque es invisible, pero que está presente en la vida misma de la Iglesia. La vemos a la Iglesia a través de sus obras, sus tareas, sus apostolados, sus misiones, todo está muy bien, pero detrás de todo eso en el núcleo vital hay un operar misterioso, invisible, que hace posible la vida de la Iglesia, que es un camino de transfiguración que va llevando lentamente a la santidad, a la glorificación, se va cumpliendo el plan que San Pablo desarrolla y expresa en la Epístola a los Romanos, ese plan de predestinación, estamos predestinados. Todos estos que están en el misterio de la Iglesia son los predestinados de Dios, los llamados de Dios para ser justificados y glorificados. Veo a la Iglesia en esa suerte de realidad misteriosa. Ya no me siento solo, el problema de mi salvación no es individual, estoy inserto en una comunión, y soy asumido, soy seducido, soy atraído por Cristo. Los dones del Espíritu Santo me van haciendo cada vez más un hombre teologal, voy siendo un hombre celestial como habla San Pablo. Voy siendo espiritualizado, porque en el misterio de la Iglesia aparece este operar misterioso y transfigurante de la gracia de Dios que va como cambiando esta naturaleza humana, concupiscente, pequeña, adormecida, cansada, la va transformando en esta naturaleza nueva de hijo de Dios hecho a la imagen y semejanza de Cristo. Voy caminando hacia esta semejanza. Este es el misterio de la Iglesia, esta es la Iglesia a la cual yo estoy incorporado desde mi bautismo. Esta es la Iglesia donde he vivido la vida cristiana, esta es la Iglesia donde he sido llamado a mi vocación cristiana, y esta es la Iglesia que me va transfigurando, me haciendo santo.

Esto es lo propio de la Iglesia, no me tiene que asombrar esto, es lo que el Señor anunció, “he aquí que yo creo nueva todas las cosas”. Esta novedad de las cosas está en la Iglesia. La Iglesia es la que hace nueva todas las cosas, porque no solo me transfigura a mí, sino que además desde esta transfiguración personal se va como espiritualizando toda la realidad, el entorno y el contorno del hombre se va espiritualizando, y se van haciendo cada vez más filiales los cosas. Y voy siendo cada vez más hijo en el Hijo, cada vez más fraternal en el misterio de la comunión, más espiritual en la vida de la gracia.

En la cabeza de esta Iglesia está el Cristo, Cristo es el iluminador de esta Iglesia. Cristo es el que motiva a la Iglesia. Cristo es el que mueve a la Iglesia, es el Señor, Cabeza del Cuerpo Místico, Cuerpo que no es social, Cuerpo que no es moral, Cuerpo que no es político, es místico. Es decir, aquí en este cuerpo, en la comunión de los predestinados se produce el misterio de la transfiguración mística, soy sacado de la carne, del tiempo, de la historia, acercado e introducido poco a poco en la dimensión de la vida eterna, la vida de la gracia, la vida de los dones, la vida mística, la vida teologal y mística, donde Dios es el que es, y Dios es el que tiene que ser en mi vida.

Cristo es el iluminador de este misterio de la Iglesia, así lo veían los primeros cristianos al Bautismo, se lo veía como sacramento de la iluminación, porque era como recibir una iluminación de Dios en nuestra alma. Él es la Cabeza, porque tiene una prioridad de orden, de perfección, y de eficiencia sobre el Cuerpo Místico. De orden, porque es el primero de una multitud de hermanos, el primero de una multitud de los salvados, el primero de una multitud de los trasfigurados, el primero de una multitud de los glorificados, ese es el Cristo, el iluminador, el Señor, el principio y fin de la historia porque nos saca de la historia, y nos introduce en la meta historia de la salvación. Además, tiene una prioridad de perfección, porque “solo a Él lo hemos visto pleno de gracia y de verdad”. Él es el Ungido de Dios, el único que tiene plenitud de gracia. Y esa gracia tiene una prioridad de eficiencia sobre el Cuerpo Místico, porque de esa gracia recibimos gracia sobre gracia.

También Cristo hace que la realidad del Cuerpo Místico, triunfante, glorificante, militante y purgante, sea espiritualizada por la presencia viva del Espíritu Santo. El Espíritu Santo hace posible que se vaya dando en mi corazón, a modo de transfiguración, cada vez más, la semejanza, la comunión con el Hijo, la inserción en el misterio sacral de la plegaria, de la consagración del Verbo de Dios. Soy hijo en el Hijo, crezco en la confianza en el Señor. El Cuerpo Místico de Cristo es un cuerpo de comunión por la profunda confianza que todos los bautizados tenemos al participar del misterio de la filiación divina, y participamos también del misterio de la consagración del Hijo de Dios, siendo incorporados como mediadores en el único sacerdocio de Cristo. Somos incorporados también sacerdotes al fin como mediadores entre el hombre y Dios, pero al mismo tiempo somos incorporados por nuestro carácter sacramental a esta suerte de vida sacral, divina, esta vida de plegaria sacramental y de plegaria personal. Ya no soy un hombre profano, soy un hombre sacral, no soy un hombre cualquiera soy un consagrado por el Señor, estoy consagrado, he sido ungido en el misterio de Dios. Y desde ahí la Iglesia, como realidad de los predestinados se abre a las misiones, a las acciones, a dar testimonio del misterio de Cristo, y de esta manera irradiar sobre el entorno la verdad de Dios, la espiritualidad de Dios, la gracia de Dios.

Este es el misterio profundo de la Iglesia, y se toca entonces con la Iglesia triunfante, la Iglesia gloriosa, la Iglesia de los santos, la Iglesia de los mártires, la iglesia de los doctores. Tengo que tener en el corazón una esperanza motivadora permanente. Voy a vivir en comunión con los santos, me voy a encontrar, llegará el día en que me encontraré con Santo Tomás que está en el cielo, pero que ya no será gordo, sino que será una figura estilizada como son las figuras de los santos. Me voy a encontrar con Santo Domingo, me voy a encontrar con Santa Catalina, los santos que he amado, me los voy a encontrar, formo parte de esa comunión. Esa es mi escuadra, hay un hueco en esa escuadra del cielo, un hueco para mí que me aguarda. Por eso ellos me esperan y yo los espero, y por eso mi plegaria puede ser también plegaria de intersección, porque ellos están intercediendo para que yo llegue finalmente al cielo, ellos me acompañan para que yo pueda transitar el camino de mi transfiguración y de mi glorificación.

Misterio salvífico, misterio de Dios, misterio de los santos. ¡Qué maravilla la Iglesia a la cual estoy incorporado! ¡Qué maravilla de esperanza, que maravilla de fuerza, que maravilla de esplendor, que maravilla de belleza, que maravilla de vida! Todo eso es la Iglesia. Nadie más tiene todo esto, porque todo lo demás es caduco, todo lo demás se muere, todo lo demás se terminará con el tiempo y con la historia. Mientras tanto quedará siempre presente la Iglesia triunfante con sus santos alabando a Dios. Por eso en la festividad de los santos nos asociamos a la alabanza de la Iglesia, y decimos “al que está en el trono, al Cordero, la alabanza, el honor, la gloria y el poder”.

Amén.


Festividad de la dedicación de la Basílica de San Juan de Letrán
(9 de noviembre)

La celebración litúrgica de esta festividad de la dedicación de la Iglesia de San Juan de Letrán en Roma, madre de todas las Iglesias, nos permite descubrir a través de los textos litúrgicos toda la riqueza de la analogía teológica de este concepto de eclessia, de templo. Desde el viejo templo de Jerusalén, ya desvirtuado y transformado en una cueva de ladrones, contra el cual el Señor actúa con ira, con la ira de Dios, cumpliéndose aquél texto del Salmo (69, 10): “el celo de tu casa me come”, hasta el nuevo templo donde se va a ofrecer a Dios el nuevo sacrificio en espíritu y en verdad.

Recuerden el litigio que tenían los samaritanos con los judíos, porque los samaritanos decían que el verdadero sacrificio a Dios se hacía en Samaría, y los judíos decían en Jerusalén. El Señor le dice a la samaritana: “en verdad te digo que ni en Samaría ni en Jerusalén se va hacer el verdadero sacrificio, porque ha llegado la hora en que se va a dar culto a Dios en espíritu y en verdad” (Jn 4, 20-23).

En esta analogía teológica, el supremo analogado es el cuerpo resucitado de Cristo, por eso el Señor en este texto de Juan en el capítulo tres, dirá: “destruid este templo y yo lo levantaré en tres días” (Jn 3, 18-22). Templo santuario, al decir santuario está queriendo decir el centro más íntimo, más profundo de la celebración y de la alabanza a Dios, “destruid este templo, este santuario, y yo lo levantaré en tres días”.

San Juan habla siempre de la gloria de Dios, de que Dios va a ser glorificado destruyendo este templo de Dios que es el Cristo encarnado. Y cuando resucite, el cuerpo de Cristo resucitado va a ser el templo por antonomasia, va a ser el centro de este culto a Dios en espíritu y en verdad. Va a ser el lugar donde se dé a Dios el verdadero culto, porque Cristo se ha transformado en el sacerdote único y eterno de Dios, que le ofrece a Dios la víctima pura, santa, y agradable. La víctima perfecta, la oblación perfecta que precisamente es el sacrificio de Cristo en la cruz, donde Dios va a ser glorificado.

El cuerpo resucitado de Cristo es entonces el centro de este nuevo culto, en espíritu y en verdad. Es el lugar donde se va a hacer presente la verdadera presencia de Dios, por este acto de glorificación perfecta, de alabanza perfecta al Padre. Y va a ser el templo donde van a “emanar ríos de agua viva” (Jn 7, 37-39).

En esta analogía teológica del templo, el supremo analogado es el cuerpo de Cristo resucitado. Después aparecerá Cristo, Cabeza del Cuerpo Místico. Con la glorificación al Padre en espíritu y en verdad, se va a constituir el Cuerpo Místico de Cristo donde todos los bautizados, todos los redimidos van a dar gloria a Dios. Dice el Apóstol: “vamos a ser edificados sobre el fundamento de los profetas y de los apóstoles, donde el mismo Cristo es la piedra angular, y allí sobre Cristo la piedra angular se va a ir edificando, ensamblando este templo como un gran templo espiritual para que nosotros los cristianos podamos ser `moradas de Dios por el espíritu´” (Ef 2, 19-22).

Aquí viene la otra dimensión de esta analogía teológica. Nosotros los cristianos también somos templos de Dios. Lo recuerda San Pablo en la Epístola a los Corintios: “somos templos del Espíritu Santo, y el que profana y destruye este templo, Dios lo va a condenar, porque el templo de Dios es sagrado”. Somos templos del Espíritu (1 Co 6, 12-20).

Esto es la verdadera y única dignidad de la persona, ser templo del Espíritu Santo. El apóstol Pedro también habla de que “como piedras vivas somos incorporados a la edificación de este templo, y nadie puede poner otro cimiento que el que ha sido puesto, Cristo Jesús” (1 P 2, 4-10). Cimiento, principio y fin, cimiento y cabeza de este gran templo que se construye con los bautizados, como incorporados, como piedras vivas. Y que se va levantando y ensamblando todo este cuerpo para que nosotros podamos ser “moradas de Dios por el Espíritu”.

La tercera dimensión de esta analogía teologal. Cada uno de nosotros, cada uno de los bautizados es morada de Dios por el Espíritu, transformados en templos del Espíritu Santo. Debe ser respetado este templo, no puede ser profanado, no puede ser corrompido, porque el templo de Dios es sagrado, y al que corrompa y profane este templo Dios le destruirá (1 Co 3, 16-17).

Los bautizados necesitan un lugar donde reunirse, donde expresar su comunión, donde manifestar su fe en Cristo resucitado, el templo glorioso del Señor. Los cristianos necesitan del templo donde reunirse para expresar el misterio de fe. Y allí en el templo material, construido ahora ya no con piedras vivas sino con los materiales con que se edifican las cosas de los hombres se hace el lugar de la comunión de los cristianos, donde se van a reunir los cristianos para escuchar la Palabra de Dios. Aquí se hará presente también un centro, será también el centro del verdadero sacrificio porque aquí estará presente el Cristo eucarístico.

Para que esto sea posible, para que este templo no sea simplemente un templo material, sino que también se transforme en un centro donde se de a Dios el verdadero culto en espíritu y en verdad, donde se haga presente la presencia viva de Dios, y donde emanen los dones de Dios como ríos de agua viva, es necesario que esté presente el Cristo eucarístico. En el templo, Dios el Señor elegirá a quienes harán presente el Cristo eucarístico, para que este templo levantado por mano de los hombres se transforme también en un templo espiritual.

Aquí cobra sentido la principalidad del sacerdote como hombre del altar. Desde el punto de vista de la naturaleza teológica de la Iglesia y del Cuerpo Místico de Cristo, a partir de esta analogía teológica con el cuerpo resucitado de Cristo como el primer analogado cobra sentido de principalidad la función del sacerdote como hombre del altar, la dimensión hierática del sacerdote. Pero esto visto desde la naturaleza misma de la Iglesia, que es un templo espiritual donde tiene que ofrecerse a Dios el perfecto sacrificio de alabanza. La Eucaristía es, por eso, el centro de la vida de la Iglesia.

En la arquitectura cristiana, siempre las naves de los grandes templos, ya sea la “T” griega, o la “T” latina, siempre convergen sobre el centro donde está la Eucaristía. A mí no me gustan las iglesias donde la Eucaristía está a un costado, porque la analogía teológica se expresa como Cristo centro, la Eucaristía está en el centro de la Iglesia. Toda la estructura arquitectónica de las iglesias católicas converge sobre el centro, y no sobre una capillita al costado. A no ser que sea una capilla especial dedicada al Santísimo, pero si no, se quiebra el sentido teológico de la analogía.

Santo Tomás cuando plantea el tema, que después se va a plantear de modo muy agresivo en los años 1960 y 70 con la teología kerigmática, y el enfrentamiento entre la Iglesia institución y la Iglesia neumática o espiritual, todos estos kerigmáticos van a poner énfasis en el kerigma, en la predicación de la palabra. Y dirán algunos que el haber puesto como centro principal la función cultual del sacerdote como hombre del altar, había desplazado a la función del sacerdote como hombre de la palabra. Y lo que se necesitaba era que el sacerdote se transformara en hombre de la palabra para predicar. Santo Tomás, con esa sutileza que tiene nuestro Santo Doctor, hace una distinción muy importante, desde la naturaleza misma de la Iglesia, es decir vista la Iglesia desde esta analogía teológica, la principalidad es la del sacerdote como hombre de culto, es decir el sacerdote celebrando la Eucaristía, porque así hace que este templo se transforme en un templo espiritual, y sea el centro del culto perfecto elevado a Dios, y no un simple recinto de reunión de los cristianos, que también lo es.

Cuando entramos a una Iglesia y no la conocemos, lo primero que buscamos es la lucecita roja que nos indique si está la Eucaristía. Si está la eucaristía ahí está la presencia viva de Dios, si no está la Eucaristía la miramos con cierto tono como miran los turistas los paisajes que recorren. Pero si está la eucaristía nos arrodillamos y oramos, porque es el templo espiritual. Es la a analogía perfecta con el Cristo, el cuerpo resucitado de Cristo, supremo analogado de la teología de la Iglesia.

Pero desde el punto de vista de la génesis de la fe, cuando yo sacerdote tengo que generar la fe y sostener la fe de los cristianos, entonces ahí cobra principalidad el sacerdote como hombre de la palabra. Pero en todo caso, hombre de la palabra, hombre del altar, función hierática y función predicadora, el sacerdote no puede separar, en sus funciones, estas dos dimensiones: es hombre del altar y hombre de la palabra. Y según sean las circunstancias, en algunos casos actuará exclusivamente como hombre del altar, y en otros casos actuará como hombre de la palabra. Y en todos los casos cuando celebra la Eucaristía, también está actuando como hombre de la palabra.

Que esta fiesta de la dedicación de la Iglesia, nos ayude a penetrar mejor con nuestra alma y nuestro espíritu, en la dimensión misteriosa de la Iglesia. El misterio de la Iglesia que convoca nuestra fe. Por eso a la Iglesia no la podemos definir con definiciones lógicas de género y diferencia específica, nos podemos acercar a la Iglesia desde un acto de fe, para descubrir desde la fe y decir: “creo en la Iglesia, una, santa, católica y apostólica”.


Los dineros de Dios (Mt 25, 14-20)

El Reino de los Cielos que Jesús viene a revelar y a instaurar es un misterio y, como tal, no puede ser captado a partir de un simple acto de la inteligencia. La revelación de este misterio va mucho más allá de lo que nuestro propio talento puede percibir, y por eso el Señor nos acerca al misterio a través de estas parábolas, que son algo así como adelantos de aquello que Dios quiere que ocurra y va a suceder. Son los modos con los cuales el Señor nos enseña y nos revela algo que está mucho más allá de lo que nosotros podemos alcanzar a comprender.

Las parábolas nos acercan al misterio de Dios y nos ayudan a situarnos frente a Él. Ésta es la verdad de Dios, lo que Dios nos enseña, lo que Dios nos muestra; por aquí avanzan los designios divinos.

Esta parábola del Señor tuvo lugar seguramente el martes de su pasión, es decir, dos días antes de la última cena. Y antes que Él expresara, -también revelando el misterioso discurso escatológico, ese discurso que el Señor le hace a los Apóstoles anunciándoles que Él va a volver rodeado de los ángeles y va premiar a los justos y castigar a los pecadores-: “¡Venid benditos de mi Padre!, porque tuve hambre y me distéis de comer, tuve sed y me distéis de beber, estaba preso y me visitasteis, desnudo y me vestisteis”. Y entonces, le dirá este azorado personaje: “Señor ¿cuándo tuviste sed y estuviste enfermo y estuviste con hambre y yo te di de comer y te visité? Cada vez que lo hicisteis con uno de estos pequeños, lo hicisteis conmigo”. ¡Qué misterio…! (Mt 25, 31-46).

Antes de anunciar el fin de los tiempos, cuando el Señor va a venir y va juzgar, les recuerda esta parábola, donde se presenta como una persona adinerada que va a hacer un largo viaje y distribuye entre sus siervos sus dineros. Los distribuye y se va. Nadie sabe cuándo va a volver, va a pasar seguramente mucho tiempo. Está diciendo a sus discípulos que Él viene a instaurar el Reino, que se ha encarnado para instaurar el Reino y se va ir. Vamos a quedar sumidos en el misterio de Dios. No vamos a estar solos, vamos a estar con los dineros de Dios, administrando una misteriosa gracia que Él nos va a dar a cada uno de nosotros y que nosotros tenemos que hacer fructificar hasta que vuelva a ejecutar el Juicio.

Uno empieza a pensar: ¿qué son estos talentos?, ¿para qué nos da Dios estas gracias? Éstos son los talentos, los dineros de Dios con los que tenemos que comprar nuestra salvación. Los dineros nuestros no sirven. El Señor mismo en su misericordia tiene que entregarnos el dinero que necesitamos para comprar nuestra salvación. El apóstol San Pablo dice: “habéis sido comprados a un precio grande, glorificad a Dios en vuestros cuerpos” (1 Co 6, 19-20).

Alguien nos compró. Nos compró con su sangre y con su muerte. Pagó la tremenda e impagable deuda que teníamos con nuestro Padre después de la soberbia y la desobediencia original. Alguien nos volvió a comprar, pagó la deuda. Y ahora, nos abre los caminos de la salvación. Es tan magnífica e infinita su misericordia que hasta nos deja los talentos para que podamos comprar esto, que de alguna manera todavía hay que pagar para salvarnos, el propio camino nuestro de salvación, la propia realidad personal de nuestra salvación. El Señor nos compró el cielo; ahora nosotros tenemos que hacer fructificar esa gracia de Dios para alcanzarlo de un modo consciente, de un modo personal.

Para que nosotros alcancemos la gracia de salvación, su misericordia, no sirven nuestros talentos personales, no sirven nuestros propios dineros. Él nos deja los dineros de Dios y nosotros tenemos que empezar a administrar estos dineros. No se asusten, también Pedro habla que tenemos que ser administradores de la multiforme gracia de Dios (1 P 4, 10). Es una gracia enriquecedora, multiforme, misteriosa. Dineros misteriosos de Dios, que llegan no sabemos cómo ni desde donde.

Antes pensábamos que íbamos a ganarlo nosotros con nuestro esfuerzo, con nuestro talento, con nuestra capacidad, con nuestro trabajo, creíamos que bastaban las cosas nuestras, esos talentos de nuestra naturaleza, de nuestra inteligencia, nuestra sagacidad, nuestro tesón, nuestra perseverancia. Y creíamos que con eso bastaba para ganar, ¿qué?, no sé; un espacio de poder, una posibilidad de realización, una ilusión que teníamos en el corazón y queríamos que se concretara. Tantas y tantas cosas. Pero a medida que va pasando el tiempo, la experiencia misma de las cosas, las frustraciones que en esta lucha por nuestros talentos y nuestras posibilidades hemos tenido, los fracasos también han ido poco a poco haciéndonos comprender que hay otra realidad mucho más importante y trascendente que esa que nosotros podemos lograr con nuestros dineros; es la realidad de nuestra salvación, es el misterio de la misericordia de Dios, es el perdón de Dios, es el sentir que Dios es nuestro Padre y que queremos ser sus hijos, es el descubrir esos caminos trascendentes de la salvación que ya no se compran desde la carne y desde la sangre sino que solamente es posible adquirirlos con los dineros de Dios (Rm 11, 33-35).

Nos volvemos sobre Dios y le pedimos su gracia. ¿Qué otra cosa es la gracia sino un adelanto que Dios nos hace para nuestra salvación? Un dinero maravilloso que llega hasta nuestro corazón y debe fructificar. Y fructifica para que podamos alcanzar el misterio de la salvación.

Dice la Iglesia que Dios no le niega la gracia a nadie que humilde y sinceramente se la pida. ¿Qué gracia?, la gracia de la salvación, la gracia que el Señor me pueda decir cuando vuelva rodeado de los ángeles, “venid benditos de mi Padre para que pueda entregar el Reino de los Cielos” (Mt 25, 31-46).

La gracia salvífica es la que tiene que fructificar en mi corazón y colocarme cada vez más en tensión frente al misterio. Necesito alcanzar mi salvación. Y necesito hacer fructificar los dineros de Dios. Pero los dineros de Dios fructifican cuando mi corazón se pone al servicio del prójimo, cuando amo, cuando perdono, cuando comprendo, cuando ayudo, cuando estoy en disponibilidad de atender al otro, porque entonces ya no son mis dineros, ya no mis intereses; son los del otro. Y en el otro está Dios. El otro es el rostro misterioso del Cristo que me aguarda (Hb 2, 1-4).

No significa esto que tengo que ir a buscar prójimos, pero sí significa que Dios me pone siempre prójimos para que pueda comprar mi salvación.

¿Cómo pago la salvación? Cada vez que le doy de beber al prójimo. ¿Qué prójimo?, ese que aparece. No sé quién es. Ése es mi prójimo. Es un amigo, es el Miliciano, es un vecino. No sé quién es. Es mi prójimo. Pero aparece como prójimo, se me presenta como prójimo y ya no lo puedo eludir. Tengo que darle de comer si está hambriento, tengo que vestirlo si está desnudo, tengo que hacer fructificar la gracia, los talentos, porque si no, el Señor va a venir y va a decirme: siervo inútil y ocioso, no tuviste sensibilidad, no reconociste a tu prójimo. Y al no reconocer al prójimo, los dineros de Dios no han producido lo que tenían que producir. Porque tenemos que salvarnos en comunión y en comunidad y, unos a otros, aceptar las propias cargas para poder hacer fructificar entre todos estos dineros de Dios. Lo dice el Apóstol, “unos a otros portad mutuamente vuestras cargas y así cumpliréis la ley de Cristo” (Ga 6, 2).

Ya no son mis talentos. Ya no estoy encerrado en mí mismo. He sido comprado a un alto precio (1 Co 6, 20). Tengo que honrar al Señor con mi vida y con mi conducta. Tengo que tener misericordia de mi prójimo y hacer que fructifiquen mis talentos. Tengo que juntarme en comunidad y poner los dineros de Dios en común para que fructifiquen y me salven. Y crear estos espacios maravillosos de salvación donde los dineros de Dios están produciendo intereses ¿de qué? De amor, de misericordia, de perdón, de respeto, de dignidad, de caridad, de fe, de esperanza.

Ésa es la Ciudad Miliciana. Ésa es FASTA. Un misterioso “Banco” donde podemos poner a interés los dineros de Dios para que fructifiquen.

Todos nuestros dineros, juntarlos y hacer que fructifiquen. Pero no dinero de iniquidad sino el de salvación. Ese que me viene por vía de misericordia, de amor y de gracia. Y eso es la Iglesia. Ése es el espacio donde fructifican y crecen los dineros de Dios.

Queridos míos, hay que darle gracias al Señor porque el poder estar incorporados por la fe a la Iglesia, el poder estar en comunión viviendo la fe en la vocación de FASTA como comunidad cristiana, en el Ruca, todos esos son signos de la misericordia de Dios. Son lugares para que fructifique su gracia y para que se hagan ricos los dineros de salvación (1 Tm 6, 17-19).

Pero tenemos que amar y amarnos. Tenemos que salvarnos salvando. Tenemos que invertir unos en otros en misericordia, en amor, en afabilidad, en amistad, en alegría, en cordialidad y en esperanza. Misteriosamente, van fructificando los dineros de Dios; juntos podemos aguardar el día del Señor “porque a todo el que tenga, se le dará y le sobrará; pero al que no tenga, aún lo que tiene se le quitará” (Mt 25, 29)


No queremos que ése reine sobre nosotros
Festividad de Cristo Rey
-23 de noviembre-

La parábola de la moneda de plata que reparte este señor, de la cual se ocupa Lucas en el capítulo diecinueve (Lc 19, 11, 27), es semejante a la parábola de los talentos del Evangelio de Mateo (Mt 25, 14-30), aunque hay puntos de divergencias. En el texto completo da la impresión que se trata de dos parábolas que se han fusionado, la parábola de las monedas de plata y la parábola del personaje este que va para ser investido con las prerrogativas reales.

Lo que llama la atención del texto es la fuerza que pone el Señor para mostrar el rechazo que hacen, -y esto está evidentemente dirigido al pueblo judío-, el rechazo que hacen de este rey, de este personaje investido con las vestiduras reales, cuando dicen “no queremos ése reine sobre nosotros” (Lc 19, 14). El Señor profetiza el rechazo que el pueblo judío hace de su Mesías, de su Ungido, y que después se va a concretar, de modo más explícito, en el relato de la pasión, cuando le dicen a Pilatos, “no tenemos otro rey más que el César. Y con el Cristo ¿que queréis que haga? ¡Crucifícalo!, ¡crucifícalo! Caiga su sangre sobre nosotros y sobre en nuestros hijos” (Jn 19, 15-16).

No queremos que Él reine sobre nosotros, ha sido la consigna que va a asumir la modernidad en el proceso de secularización del mundo. Frente a esta consigna, Pío XI replicaba, y los Papas últimos, replicaban diciendo: “hay que instaurar todas las cosas en Cristo”. Hay que reafirmar la reyesía de Cristo sobre la creación. Hay que hacer que toda la creación sea sacralizada. Hay que hacer que Cristo sea el centro del orden temporal.

La Iglesia nunca ha renunciado a este desafío, instaurar todo en Cristo. Instaurar el orden cósmico en el Señor, que toda la creación sea filial en el Hijo. Y esto supone todo este largo proceso de inculturación, de insertar el Evangelio en el corazón de las culturas como dice el Papa. Esto supone hacer que las instituciones sean insertas en el misterio de Cristo, y en la vida de la Iglesia, que la ciencia, que la técnica, que el arte, que la cultura, que todo sea sacralizado, y todo participe de esta dimensión filial del Cristo.

Hay que hacer también que toda la creación participe de la consagración del Verbo de Dios, que toda la creación se haga de alguna manera cultual, que sea ofrecida en alabanza al Señor, a partir de la presencia de la gracia a través de los sacramentos.

Y hay que hacer además, que toda la creación, que la Iglesia, que las comunidades den testimonio del misterio de Dios en medio de los hombres. Este proceso de sacralización apunta precisamente a contradecir la blasfemia, la consigna que se hizo proyecto en los procesos de secularización: “no queremos que Él reine sobre nosotros”. Nosotros si queremos que Cristo sea Rey, que reine en nuestros corazones, que reine en nuestras comunidades, que reine en nuestras familias, que reine en nuestra patria.

 

 

 

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